Dos acontecimientos de la vida pública han llamado mi atención esta semana pasada: la honda crisis de la derecha conservadora por alejarse del humanismo cristiano y el fallecimiento de Alfredo Pérez Rubalcaba, por cuyo descanso eterno y el perdón de sus pecados he rezado, como pido que hagan en mi fallecimiento.

No dudo de que Rubalcaba ha sido una figura importante de la política española. No es mi misión comentarlo, aunque no me resisto a afirmar que en momentos determinados ha jugado un papel de estabilidad para nuestra patria. Hay que agradecérselo. Ahora bien, el hecho de su fallecimiento tras años de servicio que reconocemos, no quiere decir que tengamos que asumir los principios ideológicos que su partido promueve, pues a mi pobre entender estos principios están en contradicción con la naturaleza y la libertad del hombre. Ha sido un gran trabajador, un hombre de estado, un político hábil, pero ha militado en un partido con principios no son compatibles con la fe cristiana.
¿Y cuáles son los puntos de desacuerdo? Es fácil conocerlos mirando a las leyes que han promovido y aprobado. Según santo Tomás, y esto está en la base de nuestra sociedad occidental, la ley debe ser racional, orientada al bien común y promulgada por aquel que tiene legítima autoridad para hacerlo. Y aquí es donde entra la discrepancia, porque no tenemos la misma antropología ni  la misma razón. La opción política del  cristiano parte de la dignidad de la persona humana, que descubre por la razón. La persona tiene libertad inalienable, por eso es dueño de su destino y responsable ante Dios y la sociedad por la moralidad de sus acciones. El estado debe respetar las libertades humanas, sin dirigirlas, para que el hombre construya una sociedad más justa en lo económico y en los demás aspectos de su vida, incluido, por supuesto, el religioso. El problema surge cuando se entiende el estado como quien debe satisfacer las necesidades humanas y se une este principio con una visión relativista del hombre, en el que sus derechos están en constante cambio -me resisto a usar la palabra progreso-, según evolucione la sociedad, no sabemos bien hacia donde. Tampoco, a veces, las personas no religiosas, respetan siempre la libertad religiosa en la vida pública.
La razón también nos habla del derecho a la vida del no nacido, y de su necesaria protección; el estado del bienestar considera que, si va contra la felicidad de las personas, el niño no nacido puede ser abortado; La razón nos dice que un niño tiene padre y madre, y que el más débil, el niño, debe ser protegido en los primeros años de la infancia mediante apoyos a la familia; el estado del bienestar creará guarderías para ir adoctrinando a los niños desde pequeñitos. Y muchos más ejemplos. El estado creará cultura y la subvencionará. ¿Y por qué tiene que hacerlo cuando ésta está ideologizada?
Nuestra libertad es lo que está en juego. ¿Podrán defender estos principios los políticos de partidos que dicen defender el humanismo cristiano? ¿Superarán sus crisis?