Mi relación con la filosofía es una historia de amor-odio; al principio de vida intelectual la odiaba con todos mis sentidos, pues por la formación ingenieril-científica que tenía antes de entrar en el Seminario, la consideraba pueril y una pérdida de tiempo. Tanto es así, que cuando entré en le Seminario y tuve mi primer examen de historia de la filosofía, me lleve a casa un hermosísimo suspenso, por cierto bien merecido. Me cayó en aquel examen el Alma en Platón, y no tenía ni idea de que iba el asunto. Como sería la debacle que todavía me acuerdo. Quizá tampoco estaba preparado en aquella época para entenderlo, pero mi desprecio inicial por Platón se ha convertido a lo largo del tiempo en aprecio, pues ahora es una de las fuentes de mi vida intelectual. No en vano es uno de los pilares de la civilización occidental, y rechazarlo es suicida.


Ya he dicho que a lo largo del tiempo he ido evolucionando y en la actualidad leo los clásicos con fruición. Y esto es creo que es parte de la filosofía. Ésta es sabiduría, y la sabiduría está en los clásicos pues clásico es aquello que el tiempo ha salvaguardado por su gran valor. Si la sabiduría es el conjunto de conocimientos adquiridos por la experiencia de generaciones, entonces conocerla es lo más importante que podemos hacer en la vida. De ahí la importancia de conocer la filosofía, pues ignorarla es necedad.
Filosofía significa amor a la sabiduría (sofía). No solo sabiduría, pues nos podemos limitar a esta sin amarla. Los clásicos, pienso en la Ciudad de Dios de san Agustín, ponían también el acento en la palabra “amor”. Y san Agustín, quien pasó por el platonismo de su época, y por otras escuelas filosóficas, concluyó que la verdadera filosofía es el Espíritu Santo. Estoy seguro de que si alguien me lee, me considerará ingenuo, y dirá, este ni se ha leído a Kant, Hegel u otros. Quiero decir que es necesario en nuestros días hacer algo parecido a lo que san Agustín hizo con los platónicos en la Ciudad de Dios. Analizar todas estas nuevas filosofías, cribarlas desde Cristo. Esto no es fundamentalismo o integrismo, sino búsqueda de la verdad, tanto desde un polo como desde el otro. Primero confrontarnos con el Señor. Vivir lo que significa que Cristo es Camino Verdad y Vida. Y hacerlo desde la experiencia más íntima, por ejemplo, desde la búsqueda de sentido, o la experiencia de la muerte. Acoger -como hizo san Agustín- a Cristo Salvador, conscientemente, desde el corazón, en otras palabras creer hasta sus últimas consecuencias en el Evangelio. Y desde esta experiencia, desde esta antropología, ya asumida en la tradición de la Iglesia pues no es necesario empezar de cero sino asimilarla, discernir las corrientes y filosofías actuales. Asimilar lo bueno que tengan, lo cual es un desafío intelectual importante.
Y aquí entra el Espíritu Santo. Si la filosofía es amor a la sabiduría, el Espíritu Santo es el amor entre el Padre y el Hijo. Hay tres, Amante, Amado, Amor; El Espíritu con sus dones, nos da la sabiduría que lleva a Dios, y es Dios mismo, la cima de la Sabiduría. Por eso, no es ninguna locura ni simpleza decir que el Espíritu Santo es la verdadera filosofía.