Rara vez caen hoy en nuestras manos cosas para leer; más bien nos topamos con tuits que sugieren ideas que nos llevan a veces a algunos sitios web interesantes, aunque las más de las veces, lo que nos llega es ruido informativo más que información seria. Una de las cosas serias que he leído estos días atrás ha sido un artículo sobre la nobleza de espíritu que me llegó siguiendo un hilo simpático sobre una persona que bendecía todo lo que comía entre horas, ya que al no poder dejar de comer, al menos -decía- iba a estar en oración continua.

El artículo al que me refiero me ha hecho reflexionar sobre lo que significa la nobleza y cómo la podemos vivir. Lo primero que pensamos al oír la palabra noble es en un privilegio, un status social, o título aristocrático o cosas similares. Sin embargo, no es este el significado original de la palabra. Noble viene del latín notabilis, que a su vez viene del verbo noscere, del que se deriva la palabra noscibili. Por esto noble significa notable, es decir, que debe ser conocido. Y este es el origen de los títulos nobiliarios. Uno no nacía noble, sino que llegaba a ser noble por determinadas acciones que merecían reconocimiento del Rey y adquiría la nobilitas.

Algo parecido significa la palabra aristocracia. Aristos significa “mejor” y cratos, como todos sabemos, gobierno. Así, el sentido original de este término, es el de gobierno de los mejores. Y ya que estamos, también he buscado la etimología de la palabra elegancia. Esta viene del latín eligere, que significa arrancar, cosechar, esto es, elegir lo mejor. En particular se atribuía a la acción de arrancar flores, esto es, tener criterio para elegir las más bellas. Este es el significado de la palabra elegantia.

La aplicación que esto tiene a la vida, tanto humana como espiritual, es que todos estos términos implican cualidades morales. Ser elegante en la vida espiritual es elegir lo mejor. Ser vulgar es conformarse con cosas medio hechas o defectuosas. Mostrar poco interés, quizás por ser perezoso o rehuir esfuerzos. La nobleza de espíritu es llevar una vida tal, que merezca ser reconocida por Dios. Y esto no es más que llevar la vida de Cristo, como san Ignacio nos expone preciosamente en los ejercicios espirituales, en la meditación del Rey eterno. Allí, un rey, que en su parábola es el primero en ponerse a trabajar, invita a quien quiera seguirle a vivir como vivió él, para participar en su gloria. Sin participar en la vida del Rey, no se puede recibir la gloria. Es más, este maestro espiritual, invita, al hacer este ejercicio espiritual, a desear vivir como vivió el Rey, y a pedirlo en la oración que se hace a todos los miembros de su corte celestial.

La tentación está en querer igualar, pero no por arriba, sino por abajo. Igualar por arriba es reconocer que mi vocación es ser como el Gran Capitán; igualar por abajo significa que me molesta tener que ser como el Gran Capitán; que el Gran Capitán debería ser vulgar.

Y recordemos este término tan español y precioso por lo mismo: nobleza obliga. Por nuestro bautismo todos somos reyes. Si nobleza obliga, realeza aún más.