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Hace unos días, estando con mi madre, buena católica, aunque ya un poco despistada por la edad, nos asomamos a ver la reforma de un local comercial que están haciendo en nuestro barrio. Mamá no sabe vivir la vida sin preguntar, y allá que fue a enterarse qué negocio nos iban a poner abajo, aunque lo ponía en la entrada: próxima apertura de “Centro de Yoga”. Nos atendió, amablemente, un señor con acento andaluz, quizá criado en las Alpujarras, por aquello del orientalismo, aunque no se lo pregunté. Y le explicó a mi madre lo que era el Yoga: un camino para ser felices por la meditación.

A mi madre le sonaba un poco raro, y no quedaba muy convencida, porque eso de la felicidad no se le da muy bien: perdió a su padre siendo niña en la guerra, sufrió el miedo de ser hija de un militar en Madrid, y un largo etc., que últimamente repite bastantes veces. Tuve que evitar que le contara a nuestro interlocutor su vida y milagros aunque quizá no hubiera estado de más que se lo contara... Repito: era una persona muy amable. Yo intervine para cortar la conversación, y le dije: es que mi madre es católica, y yo soy sacerdote, pues por esa costumbre mía de andar a veces con el cuello de la camisa abierto, no siempre me reconocen como tal. Quizá me había reconocido como cura e intentaba tantearme o no; no lo sé. Terminamos la conversación, nos despedimos, y cada uno nos fuimos a nuestros menesteres.
El encuentro me ha dado que pensar, pues, si un local comercial de este tipo de alquiler no precisamente barato en el barrio de Argüelles tiene éxito, es que hay clientes que están dispuestos a pagar por ello; Yoga no es lo mismo que Pilates, por lo que él nos explicó; Pilates son estiramientos, Yoga es un camino de felicidad por la meditación, tal como nos dijo, unido a estiramientos, que para mi son imposibles de realizar y, por cierto, me duelen bastante y no me hacen muy feliz, todo hay que decirlo. Podríamos también pensar los precios que cobran a los futuros felices, y el margen que queda tras apuntarse a unas clases de Yoga, pero no es eso lo que quiero destacar, aunque en la Iglesia hemos de hacer un esfuerzo por vivir la pobreza. Yo me pregunto si de verdad el Yoga puede dar la felicidad que se pierde tras cometer un pecado; me explico: creo que todos tenemos un termómetro de la felicidad; hay acciones que a uno le hacen sentir mal en su corazón, y otras que le producen alegría; las primeras pueden ser placenteras o dolorosas, y las segundas lo mismo; esto es experiencia universal. El catolicismo afirma que el camino de la felicidad viene por el perdón de los pecados. San Pablo así lo expresa: Vosotros, en otro tiempo, estabais también alejados y erais enemigos por vuestros pensamientos y malas acciones; ahora, en cambio, por la muerte que Cristo sufrió en su cuerpo de carne, Dios os ha reconciliado para ser admitidos a su presencia santos .... (Col, 1, 21 s) Yo me pregunto si el hombre puede reconciliarse con el Dios personal, que por ser amor, quiere establecer una relación de amor con nosotros sus hijos, mediante una simple meditación. Es cierto que ésta puede ser búsqueda, y ojalá verdadera, de Dios y de la paz interior, pero el católico ha encontrado en Cristo esta paz. Para saber más se puede consultar el documento que acaba de publicar la Conferencia Episcopal esta semana sobre el tema.