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Formación
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Últimamente la palabra de moda es “patriarcal”. Quienes la usan probablemente se consideran intelectuales de primera, quizá después de haber seguido algún curso “de género” copiosamente subvencionado. Yo humildemente pienso que la dignidad del trabajo humano está en producir, crear, comerciar honestamente, servir, etc. Por eso, este tipo de subvenciones dedicadas a promover un feminismo de carácter marxista me parece que no son fruto del bien común que el estado debe buscar.

Pero vayamos al término “patriarcado”. ¿Qué se esconde detrás? Por una parte me suena a freudiano y me recuerda a cosas que viví en mi juventud: estaba de moda hablar de las represiones psicológicas de las personas, que si fulano estaba reprimido y zutano también, y lo que había que hacer era vivir una libertad contra las normas morales como una manera de superar las psicosis que venían de estas “represiones”. Me parece que parte de lo que se esconde detrás de este término va en esta línea, pero sustituyendo la concepción represiva de la moral por el término “padre”. Por ello, estos planteamientos antipatriarcales buscan la sustitución de una moral basada en lo que el hombre es, o sea, su naturaleza, por otra moral, basada en lo que el hombre quiere ser desde su libertad sin coacciones, o sea el relativismo. No es de extrañar que se acabe en la “nada” o llámese nihilismo. Por ello, no sorprende la absolución esta semana de un médico que ha quitado la vida en Holanda a una paciente de Alzheimer que no estaba en estado terminal. Simplemente se la ha cargado sin ningún tipo de consecuencias porque no hay norma moral que oriente la acción del médico. Le han dado muerte ¿digna? sin estar muriendo. Holanda está siendo un país peligroso para los enfermos. Veremos donde acabamos en España progresando con los progresistas.
Las consecuencias del antipatriacardo pueden ser tremendas. Una de las películas más interesantes que he visto, Las invasiones bárbaras, curiosamnete la preferida de Pablo Iglesias hace unos años, nos da una pista de las consecuencias de la ausencia de la figura paterna. El protagonista, un bon vivant canadiense, profesor de sociología, se ve afectado por un cáncer terminal. A pesar de estar divorciado, su mujer convence a su hijo, que goza de una alta posición económica, para que venga a reunir a los amigos y alumnos de su padre, para que pueda morir acompañado por ellos. La película es la expresión amarga de la realidad del nihilismo occidental. Una descripción de la vida nihilista en su mayor crudeza; la mejor que conozco. Ahora bien, cuándo la pongo en cinefó­rums pregunto si son felices los personajes. Ninguno, me responden. Creo que se puede afirmar que la peli es una reflexión sobre el padre ausente.
Por cierto, que esta es, en mi opinión una de las prioridades pastorales nuestras: que los padres sean padres santos; que sean artífices -con la gracia de Dios- de la personalidad de los hijos. Que los padres sean adultos y no autoritarios; hay mucha tela que cortar aquí.
Pero creo que hay más en esta lucha antipatriarcal. No se puede destruir al varón sin que se destruya a la vez a la mujer. Y también destruir al padre es destruir a Dios que es Padre. p. Javier, párroco.