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Formación
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Hay un consejo que se da a los conductores con el que todos estamos de acuerdo, que es el de “sin bebes no conduzcas”; Sería una grave irresponsabilidad ponerlo como “conduce si bebes; es divertido”. Beber en exceso embota la mente, y destroza en corazón del hombre, nos aparta de nuestra vocación a la santidad y nos lleva a la superficialidad, impropia de quien es discípulo de Cristo, imagen del Dios invisible.

Con la lectura de buenos libros pasa algo parecido; leerlos o no leerlos cambia la vida de las personas; por ello, yo cambiaría el eslogan de Tráfico por uno parecido: “si no lees, no hables”.
En la biblioteca de un católico que aspire a una vida santa debe haber de todo; primero libros para tener criterio, pues otros han recorrido el camino que todos debemos recorrer. Buenos autores y profundos, como por ejemplo, Cantalamessa, Balmes, textos del magisterio de los últimos Papas, el Concilio Vaticano II, etc. Luego un segundo nivel de lectura puede incluir los grandes teólogos del siglo XX. Un par de nombres de los que yo me nutro pueden ser los cardenales franceses De Lubac y Congar. Creo que estos dos grandes teólogos están empezando a formar parte de los clásicos, pues clásico significa aquello que merece ser salvado por su calidad. Ojo, estoy hablando de mis gustos personales, sin que el hecho de que considere que Congar y De Lubac sean extraordinarios implique no haya muchos más también estupendos.
Esto lo comento porque estoy leyendo, como creo que ya he comentado el libro Catolicismo de De Lubac. Intuiciones maravillosas basadas en la Tradición de la Iglesia. Allí nos enseña que en los primeros siglos la conciencia que la Iglesia tenía de si misma partía de la unidad de todo el género humano, querida por Dios al crear al hombre. Esta unidad natural se rompió por el pecado y cita, de pasada, una frase -sorry no recuerdo de quien- que dice que donde hay pecado hay división. Quizá sea un simplismo brutal, pero, ¿no podemos pensar que, por ejemplo, los problemas de los católicos en India, los nacionalismos en España o en la historia de Europa, la pobreza de África, etc. etc., tiene como raíz el que ha desaparecido el concepto de unidad natural del género humano, tan querido de los padres de los primeros siglos?
De Lubac señala como vocación de la Iglesia el restaurar esta unidad; por eso la Iglesia es católica, y destaca que, en los primeros siglos, eran sinónimos la palabra Iglesia y la palabra Católica.
Se esponja el alma, la mente vuela, uno sueña leyendo este tipo de libros. De Lubac me ha devuelto razones muy profundas para vivir desde lo hondo del corazón la vocación a la unidad, a entender que quizás las guerras y divisiones de la humanidad son reflejo de las divisiones que hay en las Iglesias y comunidades cristianas, e incluso dentro de la Iglesia, en la que a veces se pone lo particular por encima de lo universal la pertenencia a la comunidad local por encima del ser miembros de Cristo vivo.
Y leyendo estos libros se me abre un camino pastoral para la parroquia, un camino que quiero que se conozca y sobre el que predico frecuentemente: la Iglesia, la madre Iglesia tema muy apreciado por san Agustín, el Templo del Espíritu, en una palabra, la madre Católica que da vida a sus hijos en la pila bautismal. Gracias, De Lubac
p. Javier, párroco.