Sábado, 23 Noviembre 2019 12:59

Una fe barata

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No cabe duda de que vivimos tiempos duros para la fe. Tiempo atrás uno podía ser católico casi sin pagar ningún precio por ello; a veces incluso te pagaban. Hoy, afortunadamente, ya no es así. En nuestros días ser católico cuesta caro, pues hay que remar a contracorriente, lo cual es bueno. Estamos de acuerdo en que lo valioso, normalmente es caro, y que a medida que los precios bajan,

la calidad también suele bajar. Por ello, no es extraño que se vayan vaciando las Iglesias, porque sube el precio que hay que pagar por vivir la fe. Esto, como decimos, tiene un gran efecto, y es que la calidad de la fe aumenta.
A este respecto, desde la parroquia, os queremos pedir un favor: no nos pidáis que pongamos fácil la fe. Personalmente busco cuando tengo problemas de salud -y los he tenido serios- al médico que me sepa tratar, y que tenga el mejor remedio para mí. Y cuando me dijeron que me tenían que hacer una operación delicada, no busqué otro de esos que a veces nos recomiendan, uno que ha oído decir o que ha leído en una revista que lo mejor para lo que yo tenía era… Creo que este tipo de consejos a todos nos resultan irritantes. Y, ¿si no los admitimos para nuestra salud corporal, por qué queremos rebajar el nivel cuando se trata de nuestra salud espiritual?
Pero podemos caer en un pesimismo ante lo que está ocurriendo. Es cierto que pasan muchas cosas, y fuertes, dentro y fuera de la Iglesia. La falta del respeto a la libertad de enseñanza, la secularización de las órdenes religiosas, el avance del Islam que hace que haya una especie de guerra santa ubicua, violenta en muchos lugares, aunque en otros no, pueden provocar en nosotros una falta de esperanza que nos haga caer en actitudes negativas, tristes, o críticas que abundan por doquier. La fiesta de Cristo Rey nos vacuna contra este pesimismo: no temáis, yo he vencido al mundo.
La crisis histórica que estamos pasando en Occidente es una preciosa ocasión de santidad y de purificación de la Iglesia. A poco que miremos en la historia, descubriremos siempre una necesidad de purificación de la fe. Por ejemplo, la Edad Media fue profundamente católica en los monasterios. Admirables fueron San Benito, Cluny, Claraval y su labor, pongamos por caso, colonizadora y creadora de sociedad cristiana allá donde llegaban. Creo insuperada la belleza del Císter y de los entornos monacales. Pero junto con esto, estaba el feudalismo, la simonía, las investiduras y muchos otros pecados. Nuestra sociedad occidental necesitaba ser purificada. Nuestro catolicismo, que, en nuestra católica España en el XIX, había un gran caciquismo, analfabetismo, injusticias sociales, etc., que, dicho sea de paso, fueron suprimidas por el régimen de Franco. Es buena la purificación actual.
¿El camino para el futuro? El auténtico Vaticano II, no en la manipulación que se hace de él. El papa Benedicto XVI comentó en una ocasión que eran los periodistas en el Concilio, los que se erigieron en sus divulgadores e intérpretes publicando rumores, mientras que los verdaderos contenidos del Concilio no pasaron a la prensa, y por lo tanto no llegaban al público. Así se forjó la mentalidad llamada posconciliar, que hay que purificar y mucho. Creo que lo mismo pasa en nuestros días con el Papa Francisco. Leerle a él directamente ayudará a purificar la fe y crecer en vida espiritual.

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