Thursday, 10 September 2020 16:49

En torno a las vacunas hechas con células provenientes de tejido de fetos abortados. Un caso difícil de decidir.

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Escribo estas letras para la parroquia de santa Elena. He seguido el tema desde las declaraciones que hizo mons. Cañizares antes del verano sobre el uso de células provenientes de abortos para conseguir una vacuna contra el coronavirus. Sin que mi conocimiento del tema sea exhaustivo, también han hablado del tema el arzobispo de Sydney, mons. Fisher y en España, mons. Munilla, obispo de san Sebastián. Mons. Fisher, además de doctor en bioética por Oxford tiene estudios de filosofía y teología. También ha publicado 9 libros sobre temas de bioétcia. Él, junto con los arzobispos anglicano y ortodoxo de Sydney ha escrito el 24 de Agosto un comunicado avisando de los problemas éticos que plantea la vacuna de la universidad de Oxford. La misma reflexión ha hecho en España mons. Munilla y se ha publicado hace unos días en Religión en Libertad. En el ambiente australiano hay un artículo interesante en Bioedge sobre este tema, esto es, si es moral usar tejido proveniente de abortos para desarrollar vacunas. Esta última web es muy interesante para estar al día en temas de bioética. En el ámbito católico de USA se puede leer el siguiente artículo sobre si las vacunas contra el Covid están hechas usando tejido fetal. Ahí aparece el dato de que no solo la vacuna de la universidad de Oxford usa tejido fetal, sino también sino también la de Johnson and Johnson. Evidentemente las dificultades que se plantean son éticas, no porque piense que células provenientes de tejidos fetales puedan ser dañinas por algún tipo de potencialidad medio mágica debido a su origen.

Como el tema es importante quiero poner una reseña de los problemas éticos en la web de la parroquia para que nuestros feligreses estén al tanto del problema.

  1. Las fuentes de la moral católica.

    La Iglesia no impone su moral ni a los católicos ni a la humanidad. Descubre unos principios morales anteriores como fundamento de la sociedad, y los propone a la misma. Estos principios morales los conoce, por una parte por la razón, y por otra por la fe. La razón descubre la dignidad de la persona humana y sus derechos inalienables. La ley revelada por Dios, conocida y aceptada por la fe, ilumina también la moral cristiana, mostrando por ejemplo, al hombre su vocación al amor siguiendo las huellas de Cristo. El hombre puede conocer la ley natural por su conciencia, obviamente bien formada. Por la razón descubrimos la dignidad del hombre, superior a la de los animales, pues tiene razón, voluntad y libertad, que porvienen de su naturaleza a la vez espiritual y material, alma y cuerpo. Por la razón puede conocer la verdad, y su libertad ha de ser respetada siempre, incluso en su conciencia como reconoce el Concilio Vaticano II.

    Por lo tanto, en este tema de las vacunas, no solo nos guiamos por la fe, sino también por la razón.

  2. Reflexiones sobre las vacunas provenientes de tejido fetal proveniente de abortos voluntarios no espontáneos.

    No partimos de cero, el tema ya ha sido tratado por especialistas en moral. En concreto, tema ha sido estudiado por la Congregación para la doctrina de la Fe, en el documento Dignitatis Personae (8 Sept. 2008). Entresaco los siguientes párrafos que son mucho mejores de lo que yo pueda expresar, y recogen perfectamente mi pensamiento (negritas mías):

    34. Para la investigación científica y la producción de vacunas u otros productos a veces se usan líneas celulares que son el resultado de intervenciones ilícitas contra la vida o la integridad física del ser humano. La conexión con la acción injusta puede ser inmediata o mediata, ya que generalmente se trata de células que se reproducen con facilidad y en abundancia. Este “material” a veces es puesto en comercio o distribuido gratuitamente a los centros de investigación por parte de los organismos estatales que por ley tienen esta tarea. Todo esto da lugar a diferentes problemas éticos, sobre la cooperación al mal y el escándalo.

    Por lo tanto, conviene enunciar los principios generales a partir de los cuales quienes actúan en recta conciencia puedan evaluar y resolver las situaciones en las que podrían quedar involucrados a causa de su actividad profesional.

    Cabe señalar en primer lugar que la misma valoración moral del aborto «se debe aplicar también a las recientes formas de intervención sobre los embriones humanos que, aun buscando fines en sí mismos legítimos, comportan inevitablemente su destrucción. Es el caso de los experimentos con embriones, en creciente expansión en el campo de la investigación biomédica y legalmente admitida por algunos Estados... El uso de embriones o fetos humanos como objeto de experimentación constituye un delito en consideración a su dignidad de seres humanos, que tienen derecho al mismo respeto debido al niño ya nacido y a toda persona».[54]Estas formas de experimentación constituyen siempre un desorden moral grave.[55]

    35. Se configura un problema distinto cuando los investigadores usan un “material biológico” de origen ilícito, que ha sido producido fuera de su centro de investigación o que se encuentra en comercio. La Instrucción Donum vitæ ha formulado el principio general que debe ser observado en estos casos: «Los cadáveres de embriones o fetos humanos, voluntariamente abortados o no, deben ser respetados como los restos mortales de los demás seres humanos. En particular, no pueden ser objeto de mutilaciones o autopsia si no existe seguridad de su muerte y sin el consentimiento de los padres o de la madre. Se debe salvaguardar además la exigencia moral de que no haya habido complicidad alguna con el aborto voluntario, y de evitar el peligro de escándalo».[56]

    En ese sentido es insuficiente el criterio de independencia formulado por algunos comités de ética, según el cual sería éticamente lícita la utilización de “material biológico” de origen ilícito, a condición de que exista una separación clara entre los que producen, congelan y dan muerte a los embriones, y los investigadores que desarrollan la experimentación científica. El criterio de independencia no es suficiente para evitar una contradicción en la actitud de quienes dicen desaprobar las injusticias cometidas por otros, pero al mismo tiempo aceptan para su trabajo el “material biológico” que otros obtienen mediante tales injusticias. Cuando el delito está respaldado por las leyes que regulan el sistema sanitario y científico, es necesario distanciarse de los aspectos inicuos de esos sistemas, a fin de no dar la impresión de una cierta tolerancia o aceptación tácita de acciones gravemente injustas.[57]De lo contrario, se contribuiría a aumentar la indiferencia, o incluso la complacencia con que estas acciones se ven en algunos sectores médicos y políticos.

    Se objeta a veces que consideraciones como las arriba expuestas parecen presuponer que los investigadores de recta conciencia deberían oponerse activamente a cualquier acción ilícita llevada a cabo en el campo médico, con lo que su responsabilidad ética se ampliaría de modo excesivo. El deber de evitar la cooperación al mal y el escándalo es en realidad parte de la actividad profesional ordinaria del médico. Ésta debe ser planteada correctamente y, a través de ella, se ha de dar testimonio del valor de la vida, oponiéndose también a las leyes gravemente injustas. Hay que precisar que el deber de rechazar el “material biológico” deriva de la obligación de separarse, en el ejercicio de la propia actividad de investigación, de un marco legislativo gravemente injusto y de afirmar con claridad el valor de la vida humana. Esto vale también en ausencia de cualquier conexión próxima de los investigadores con las acciones de los técnicos de la procreación artificial o con las de aquéllos que han procurado el aborto, e incluso cuando no haya un acuerdo previo con los centros de procreación artificial. Por eso el mencionado criterio de independencia es necesario, pero puede ser éticamente insuficiente.

  3. ¿Se pueden usar vacunas que tengan origen ilícito?

    El tema es difícil de decidir, pues hay varios bienes en liza. Elegir su uso supone una colaboración indirecta al mal, y evitar su uso también tiene consecuencias negativas. En principio, habiendo alternativas, se deben usar las alternativas. En caso de no haberlas, la Congregación para la doctrina de la fe, dio la siguiente indicación:

    Por supuesto, dentro de este marco general existen diferentes grados de responsabilidad. Razones de particular gravedad podrían ser moralmente proporcionadas como para justificar el uso de ese “material biológico”. Así, por ejemplo, el peligro para la salud de los niños podría autorizar a sus padres a utilizar una vacuna elaborada con líneas celulares de origen ilícito, quedando en pie el deber de expresar su desacuerdo al respecto y de pedir que los sistemas sanitarios pongan a disposición otros tipos de vacunas. Por otro lado, debemos tener en cuenta que en las empresas que utilizan líneas celulares de origen ilícito no es idéntica la responsabilidad de quienes deciden la orientación de la producción y la de aquéllos que no tienen poder de decisión.

  4. Dos conclusiones rápidas:

    • No se deben usar estas líneas celulares ni investigar con ellas para producir vacunas, especialmente cuando hay otras alternativas. El científico o empresario de empresas farmacéuticas debe oponerse a ello. Así como los órganos de personas asesinadas, pongamos por caso en una cámara de gas, deben ser tratados con infinito respeto, de la mimsa manera no se debe investigar con tejidos porvenientes de fetos abortados, por la dignidad de la vida y de la persona humana.

    • Bajo determinadas circunstancias, por ejemplo, cuando está en peligro la salud, y no hay otra alternativa, se pueden usar las vacunas mostrando el desacuerdo.

  1. Apéndice. Por su interés copio a continuación unos párrafos de la encíclica Evangelium Vitae de Juan Pablo II sobre el valor sagrado de la vida humana:

    69. De todos modos, en la cultura democrática de nuestro tiempo se ha difundido ampliamente la opinión de que el ordenamiento jurídico de una sociedad debería limitarse a percibir y asumir las convicciones de la mayoría y, por tanto, basarse sólo sobre lo que la mayoría misma reconoce y vive como moral. Si además se considera incluso que una verdad común y objetiva es inaccesible de hecho, el respeto de la libertad de los ciudadanos —que en un régimen democrático son considerados como los verdaderos soberanos— exigiría que, a nivel legislativo, se reconozca la autonomía de cada conciencia individual y que, por tanto, al establecer las normas que en cada caso son necesarias para la convivencia social, éstas se adecuen exclusivamente a la voluntad de la mayoría, cualquiera que sea. De este modo, todo político, en su actividad, debería distinguir netamente entre el ámbito de la conciencia privada y el del comportamiento público.

    Por consiguiente, se perciben dos tendencias diametralmente opuestas en apariencia. Por un lado, los individuos reivindican para sí la autonomía moral más completa de elección y piden que el Estado no asuma ni imponga ninguna concepción ética, sino que trate de garantizar el espacio más amplio posible para la libertad de cada uno, con el único límite externo de no restringir el espacio de autonomía al que los demás ciudadanos también tienen derecho. Por otro lado, se considera que, en el ejercicio de las funciones públicas y profesionales, el respeto de la libertad de elección de los demás obliga a cada uno a prescindir de sus propias convicciones para ponerse al servicio de cualquier petición de los ciudadanos, que las leyes reconocen y tutelan, aceptando como único criterio moral para el ejercicio de las propias funciones lo establecido por las mismas leyes. De este modo, la responsabilidad de la persona se delega a la ley civil, abdicando de la propia conciencia moral al menos en el ámbito de la acción pública.

    70. La raíz común de todas estas tendencias es el relativismo ético que caracteriza muchos aspectos de la cultura contemporánea. No falta quien considera este relativismo como una condición de la democracia, ya que solo él garantizaría la tolerancia, el respeto recíproco entre las personas y la adhesión a las decisiones de la mayoría, mientras que las normas morales, consideradas objetivas y vinculantes, llevarían al autoritarismo y a la intolerancia.

 

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