Viernes, 24 Abril 2020 17:11

Y después del Covid, ¿qué?

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El hombre vive proyectado hacia el futuro. Estamos  abocados inexorablemnte a él. Es lo que los físicos llaman la flecha del tiempo; queramos o no vivimos dominados por ella, y no podemos escapar, al menos en nuestra vida de caminantes, de homo viator. Viajar al pasado o parar el tiempo es imposible.

El futuro  es a la vez un don y un deseo; se nos regala el mañana, aun cuando este sepamos que va a ser borrascoso. Ahí está nuestra grandeza, y la fuente de nuestra esperanza. Todo futuro es un don que nos abre a otro don mayor, que crece cada día. Los cristianos sabemos que ese don mayor tiene un nombre que está sobre todo nombre: es el misterio de Dios. Aceptarlo y quererlo brota de un modo de entender la vida, un modo enriquecedor que produce optimismo en el alma del hombre y lo llena de alegría. Hay actitudes vitales interiores que, o bien llenan de amargor el corazón, o bien lo llenan de esperanza e ilusión, si el hombre considera el futuro como una oportunidad y como un don que viene de Otro.

Este es el fundamento de la esperanza. La Iglesia vive de la esperanza y promueve la esperanza. El nihilismo que nos rodea niega la esperanza e incluso la considera el peor de los males, pues llega a afirmar que prolonga el tormento del hombre. Por eso hay que taparla con condcutas de riesgo.

Escribo estas reflexiones porque los efectos de la epidemia del coronoavirus pueden ser varios en nuestras vidas. Si uno vive una vida medicore, preocupándose solo de su terruño, es decir de sus cosas y de ser un petit bourgeois tenderá a olvidar pronto el coronavirus. Si uno vive en el nihilismo, pocos recursos tendrá para crecer por esta crisis. Es más, no creo que la sociedad, poe estar instalada fuertemente en el nihilismo vaya a cambiar después del Covid. Me temo que podrá hacerse incluso más nihilista. Y quizás la tecnificación exagerada sea una expresión del nihilismo

San Pablo exhortaba a Timoteo a reavivar el don de la fe; y la palabra que usaba tenía el matiz de reavivar el fuego de unas brasas, cuando estas están cubiertas de ceniza.... La fe es lo más preciado que tenemos como cristianos, es más, es lo que nos define y marca nuestra vida. Creer en Dios Padre, creador, y misericordioso, en Dios cercano, en Dios amor, transforma la vda si de verdad se cree en su cercanía que es lo mismo que creer en el Amor. Dios es Trinidad y el cristiano lo sabe. Es Padre, Hijo y Espírito. Por eso, el cristiano reza de verdad no mediante fórmulas. Sus ritos están vivos y no puede vivir sin ellos, o, ahora que no podemos celebrar en público los sacramentos, busca otro camino, sabiendo que para la fe no hay límites.

Por eso, el Covid es la orptunidad para reavivar la fe, la fe diaria, la fe que supera la pobre consideración del cristianimso como una mera obligación de asistir a Misa los domingos. La fe que supera la tentación de reducir el cristianismo a obediencia de mandataos, una forma que difícilmente encaja en la vida en el Espíritu que nos propone san Pablo.

Pero esto es imposible sin pararse a pensar y orar. Una fe sin oración se convierte en una fe vacía, muerta. La oración nos hace crecer en la fe diaria, en el conocimiento amor y confianza en Jesucristo. No se trata solo de acción caritativo social, que también. Se trata de fe.

Tenemos una tentación después de la crisis del Cornoaviros, que es la de olvidar el pasado. Ha sido muy duro lo ocurrido para muchas personas, y si no lo mirmaos con ojos de fe, pronto vovleremos a las actitudesculturales que había antes de la crisis. Si algo podemos sacar de ella es el aldabonazo que nos da a nuestra conciencia. Si después del Covid tendremos que aprender a mantener distancias sociales, también deberemos aprender otras cosas: renovar la fe y vivirla día a día.

P. Javier, párroco.

 

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