Saturday, 27 February 2021 23:19

Conversión de Joe Eszterhas

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En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo (Gal 6,14)

En abril de 2001, a Joe Eszterhas se le diagnosticó un cáncer de garganta. Al famoso guionista de Hollywood, autor del guion de la popularísima (y escandalosa) película “Instinto básico”, protagonizada por Sharon Stone, se le vino el mundo encima.
Debió someterse a una delicada cirugía: se le extirpó el 80% de su laringe y se le colocó un tubo para que pudiera respirar. Durante la visita postoperatoria, los médicos le dijeron: “Debes dejar de beber y fumar inmediatamente, de lo contrario morirás”.
“Tenía doce años cuando empecé a fumar” – escribirá Joe en su libro autobiográfico – “y catorce años cuando empecé a beber. Ahora, a los cincuenta y seis años, no ha pasado un solo día en los últimos cuarenta y cuatro años que no haya fumado o bebido algo alcohólico”.
Joe nació en una familia católica de Hungría al final de la Segunda Guerra Mundial, en 1944. La familia huye de los horrores de la guerra en un campo de refugiados gestionado por los Aliados, desde donde emigra posteriormente a Estados Unidos. Toda la familia queda marcada por el sufrimiento de la madre, enferma mental y fallecida de cáncer. Estos acontecimientos cierran al joven Joe a la experiencia de la fe.
De adulto, Joe Eszterhas empieza a trabajar en un periódico de Cleveland como reportero de noticias policiales, cubriendo incontables tiroteos y peleas urbanas. De este modo, experimenta a diario el lado oscuro, brutal y transgresor de su propia ciudad. Mientras tanto, también descubre que su padre, durante la Segunda Guerra Mundial, apoyó a los nazis y organizó activamente la propaganda antisemita.
5En los años 70, el nombre de Eszterhas aparece en la famosa revista musical “Rolling Stone”. En 1978 escribió el primer guion para la película “F.I.S.T” con Sylvester Stallone, luego otro para “Fleshdance” en 1983. En los años 90, gracias a la ya mencionada “Instinto básico”, la revista Time presenta a Joe Eszterhas como “rey del sexo y la violencia en América”. A finales del siglo XX, Joe está en la cima de su carrera Hollywoodiense: con la escritura de dieciséis películas ha ganado cerca de mil millones de dólares.
La intervención quirúrgica lo cambia todo.
Un mes después de la operación, sentado en un banco e inmerso en un repentino calor abrasador, Eszterhas deliraba: “Me estaba volviendo loco. Estaba muy nervioso. Temblaba. No tenía paciencia para nada. Gritaba a mi esposa Naomi y a los niños. Mi corazón palpitaba acelerado. No tenía apetito. No podía tragar nada”. La razón de tal estado de ánimo era obvia: “Cada terminación nerviosa exigía un trago y un cigarrillo”. Entonces Joe decidió escapar. “Salí de casa y empecé a caminar. Caminaba tan rápido como podía. Era demasiado viejo para correr. Intentaba superar con esta marcha mis deseos y adicciones. Intentaba superar el pánico. Intentaba superar la autodestrucción. Intentaba superar la muerte”.
Pasan los minutos y Joe, vagando por el barrio, siente que se desploma. “Comencé a llorar. Sabía que estaba hiperventilado. Me senté en un bordillo. Las lágrimas descendían por mi rostro. Observé cómo acababan en el suelo, salpicando. Mi corazón latía con tanta fuerza que bloqueaba todo a mi alrededor, excepto mis sollozos. Me parecía que ya no era humano. Escuché mis propios gemidos. Parecía un animal herido”.
Y es justo en este momento, cuando llegó lo inesperado. “Podía oír a mí mismo balbucear algo. Sentí que lo estaba diciendo. No podía creer lo que había dicho. No sabía por qué lo había dicho. Nunca antes lo había dicho. Me escuché repitiéndolo. Y una y otra vez: «Por favor, Dios, ¡ayúdame!». Sabía por los hechos que no podía decirlo, como no podía decir nada más. Mi laringe había desaparecido casi por completo. Este tubo diabólico fue colocado allí. Ni siquiera hubiera podido susurrar, y mucho menos decir algo. Pero claramente me escuché decirlo y luego repetirlo una y otra vez”.
«Por favor, Dios, ¡ayúdame!».
Rezaba, pedía, suplicaba ayuda. Suplicaba a Dios que me ayudara. Y pensaba para mí: «¿Yo? ¿Pidiendo a Dios? ¿Suplicando a Dios? ¿Rezando?» No había pensado en Dios desde que era un niño, pero me sentía pidiéndole ayuda todo el tiempo, mientras gemía de dolor. Y de repente mi corazón se calmó. Las terminaciones nerviosas dejaron de torturarme. Dejé de temblar y de tener espasmos. Mis manos dejaron de bailar... Me levanté de la acera. Abrí los ojos.
La gracia de Dios actúa en el corazón humano de diferentes maneras. La conversión de Joe recuerda la escena bíblica de la mujer que quería tocar el manto de Jesús para ser curada. San Ambrosio la describió así: “Tocó suavemente la orla del manto, se acercó con fe, creyó y quedó curada (...). Del mismo modo, nosotros, si queremos salvarnos, debemos tocar con fe el manto de Cristo” (Ambrosio, Expositio Evangelium secundum Lucam, VI, 56.58.).
Después de esta experiencia de oración y de fe reencontrada, Joe escribe: “Comencé mi camino de regreso a casa. Pensé que podría lograrlo. Sería la lucha más grande de mi vida. Sería terriblemente difícil, pero con la ayuda de Dios pensé que podría lograrlo. Podría derrotarme a mí mismo y salir victorioso. Si combatía duramente y rezaba”. “Algo me pasó en ese infernalmente caluroso día. Durante mucho tiempo no supe cómo describirlo, pero ahora lo sé. Fui salvado”.
Uno de los frutos de la salvación que ha recibido es el acercamiento de Joe a la vida parroquial y, especialmente, al servicio litúrgico. Joe Eszterhas se encontró con una función muy simple pero significativa: el crucífero (portador de la cruz). “Nadie me obligó a llevar la cruz en la Parroquia de los Santos Ángeles. Lo hice como si fuera una forma de agradecer a Jesús su ayuda. Me sentí honrado de hacerlo; fue un placer”.

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