24 h para el Señor

24 h para el Señor (8)

Una iniciativa para la Cuaresma del Papa Francisco.

Saturday, 27 February 2021 23:38

La vida de Carlota Nobile

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(Roma, 20 de diciembre de 1988 – Benevento, 16 de julio de 2013).


Fue una historiadora del arte, violinista, escritora y bloguera italiana.
Personalidad polifacética de artista y estudiosa, entre los más populares jóvenes violinistas italianos de su tiempo.


En octubre de 2011, a los 22 años, se le diagnosticó un melanoma: La reacción inicial es de rabia ante lo que se percibe como un error irracional e injusto del destino, frente a una vida siempre dedicada al estudio y la autodisciplina. En pocas semanas, sin embargo, como la propia Carlota confió a sus seres queridos, su estado de ánimo pasó de la pregunta airada de “¿Por qué a mí?” a la de “¿Por qué no a
mí?”, ante la constatación del sufrimiento de los demás, especialmente de los niños con la misma enfermedad que ella.

Afronta todos los tratamientos posibles y se somete a diversas intervenciones quirúrgicas, mientras continúa en paralelo con su carrera musical y artística, a menudo alternando hospitales y conciertos. Sandro Cappelletto escribió de ella en el diario La Stampa: «Cuanto más duro era el tratamiento y empeoraba el diagnóstico, más se convertía su música en una forma de rebeldía a su destino, a su vida real, sin perder ni un ápice de calidad».
En abril de 2012 abre la página de Facebook “Il Cancro e Poi_” (“El cáncer y después”) y en agosto crea también la página web ilcancroepoi.com, - anónimas porque, como escribió a una amiga a seis meses de su muerte: «odio sentirme compadecida, odio a los que me consideran debilitada, nunca me he sentido tan fuerte. Y puedo vivir cien años o diez, pero amo mi vida ahora más de lo que nunca 14la amé. Y no quiero que el cáncer me detenga. De ninguna manera. Sólo quiero que me haga crecer, sólo quiero que me forme» - subrayando con este gesto su disponibilidad artística y humana, generosa con quienes piden palabras y consuelo (“Me encanta comunicar - escribe -. Lo hago desde los 4 años con el violín, luego he empezado a hacerlo también con las palabras”). Con ello da vida a una comunidad de miles de personas marcadas como ella por el dolor y la fragilidad física, que se reconocen en sus pensamientos y reflexiones encontrando apoyo y ayuda moral. Su “lectura” de la enfermedad es particular, diferente a todas las que normalmente circulan por la web: la suya no es tanto una mirada a los síntomas y tratamientos, como un “camino” interior de profundización y “cuidado” de uno mismo, que nace de un análisis frío y lúcido de los efectos y las reacciones profundas que la patología, tan grave y difícil, desencadena en la psique de quienes tienen que enfrentarse a ella. «No sé siquiera cuántos centímetros de cicatrices quirúrgicas tengo. Pero los quiero todos, uno por uno, cada centímetro de piel grabada que nunca va a ser curada.
Estos van a ser los puntos de injerto de mis alas».
(Carlota Nobile, Il Cancro E Poi_)
La personalidad y naturaleza de Carlota siempre han sido compleja, polifacética y atormentada desde que era una niña. De todos sus escritos se desprende una visión dramática de la vida y de su existencia; su extraordinario, aunque muy corto, camino de crecimiento, dominado en los últimos años por el cáncer, le permitió domar la agitación interior que la caracterizaba y guiarla hacia la Luz. De hecho, la conciencia del coraje y la lucha nace primero como una construcción “laica”, como un sentimiento forjado por la educación y la cultura, y luego - tres meses antes de su muerte - se convierte en una inesperada “recuperación” religiosa en la óptica de un abandono total a la Fe, vivida como fuente de serenidad durante mucho tiempo y siempre perseguida y buscada en vano. Hasta marzo de 2013 su
religiosidad está aún poco caracterizada, alimentada por la doctrina inculcada por la familia mientras crecía, pero poco desarrollada y todavía latente a su ulterior progreso; suele ocurrir que una chica de 24 años -por lo demás músico y amante del arte- dirija su espiritualidad hacia el Infinito sin demasiadas preguntas, sin demasiados interrogantes. Su madre vive esta falta de profundización como una preocupación; está segura de que, si Carlota se volviera con total abandono a la religión, obtendría un gran consuelo en esta terrible batalla suya. A partir del 4 de marzo, Carlota - de repente, al despertar de una crisis cerebral - recibe la Gracia y el don de la Fe, una Fe férrea y muy intensa en Nuestro Señor Jesucristo y en la obediencia a su Santa Iglesia, capaz de orientar hacia el Trascendente sus conquistas interiores y el dominio sobre la enfermedad y sobre su fragilidad humana conquistada con tanto esfuerzo y disciplina. Es como si se le hubiera concedido un premio, por una forma de afrontar un destino terrible con dignidad y coraje, abriéndose a los demás y regalando siempre -en todas las circunstancias- una sonrisa, amor, esperanza y confianza; es como si ese resultado de la más alta aceptación de la Cruz, conquistado al principio “laicamente”, hubiera sido de repente bendecido por el milagro de la Gracia y transformado por ella en una gozosa sublimación del dolor. Y será “gozosa sublimación del dolor” hasta el final, para esos tres meses y medio que quedan.
Durante los últimos meses de su vida, Carlota vive una profunda experiencia de Fe, originada repentinamente el 4 de marzo de 2013 al despertar de una crisis que la llevó al Hospital de Milán por unos días. Este hecho, percibido como una iluminación, lo cuenta Carlota misma en su blog anónimo sobre el cáncer, en el que será su último post antes de su muerte. «Estoy curada en mi alma. En un instante, en un día cualquiera, al despertarme de una crisis. Abrí los ojos y ya era otra persona. Esto es el milagro»
(Carlota Nobile, Il Cancro E Poi_, 5 de abril de 2013)


Continúa Carlota en el post antes mencionado:
«Y en un instante comprendes que fue ese cáncer el que SANÓ TU ALMA, el que devolvió el orden a la verdadera esencialidad de tu vida, el que te devolvió la Fe, la esperanza, la confianza, el abandono,
la conciencia de que te has convertido finalmente en quien habías hecho todo lo posible por ser durante toda una vida y nunca lo habías sido: ¡una mujer SERENA! Comprendes que fue el cáncer el que finalmente te permitió quererte a ti misma de forma incondicional, con todas tus virtudes y todos tus límites, a disfrutar de cada pequeño momento, a saborear cada instante, cada olor, cada sabor, cada sentimiento, cada palabra, cada acción, cada pequeño fragmento de infinito condensado en un sencillo y precioso momento. Entiendes que fue el cáncer, con su tormento, con su agresividad, con su dureza lo que finalmente te ha llevado a la LUZ».
(Carlota Nobile, Il Cancro E Poi_, 5 de abril de 2013)
Escribió a su madre: «Hay un diseño más grande. Todo esto tiene un significado único y estoy orgulloso de poder crecer así y vivir esto. ¡Y qué maravilloso que me ha llegado la fe! ¿Qué podría hacer sin ella? ¡Qué vida tan vil! ¡Qué vida tan árida sin fe! ¡Sin confianza y abandono en Dios! ¡Quiero ir a Medjugorje este verano! En fin, este rosario es una maravilla, ni siquiera lo veo en la oscuridad, lo tengo en la mano y rezo desde hace una hora. Me da una paz interior... ¡no hay palabras! Porque ahora FINALMENTE estoy sana donde no lo había estado desde hace dos años, es decir, DENTRO, ¡en mi alma! Todo irá bien, porque estamos en Sus manos, y en las manos de Dios no puede sino andar todo bien... ¡es demasiado hermosa esta serenidad!».
Su espiritualidad se inspiró considerablemente en la predicación del Papa Francisco y su invitación a los jóvenes a llevar la Cruz con alegría (homilía del 24 de marzo de 2013).
El Viernes Santo de 2013, Carlota, deseosa de confesarse, buscaba en el centro de Roma una iglesia que no estuviera cerrada a pesar de la hora del almuerzo. La única que permanecía abierta era la  Iglesia de San Giacomo en Augusta, en la Vía del Corso. Aquí Carlota conoció al párroco Don Giuseppe Trappolini, a quien, durante una conmovedora conversación en la que Carlota -según relató Don Giuseppe- lloró «por la Alegría», le contó su historia, la lucha contra el melanoma y la serenidad que experimentó al escuchar las palabras del Papa Francisco. Al párroco le llamó mucho la atención la coincidencia de que el día anterior había sido invitado, junto con otros párrocos de Roma, a almorzar con el Papa, y, en esa ocasión, el Santo Padre había instado a los presentes a mantener las iglesias abiertas durante todo el Viernes Santo para que cualquiera pudiera confesarse. Don Giuseppe decide entonces contarle al Pontífice por carta la historia de Carlota, y el Papa, con la espontaneidad que le distingue, le telefonea a la parroquia para darle las gracias y asegurar su oración por ella. «Esta chica me da coraje» dijo. Justo en ese momento Carlota una crisis cerebral en el hospital de Carrara y, tras recuperar el conocimiento, tuvo una aparición trinitaria: tumbada en la cama de su habitación, vio un triángulo de luz en la pared.
Carlota, feliz, escribió entonces al Papa:
«Querido Papa Francisco,
Tú has cambiado mi vida.
Me siento honrada y bendecida de poder llevar la Cruz con Alegría a los 24 años. Sé que el cáncer ha curado mi alma, desatando todos mis nudos interiores y regalándome la Fe, la Confianza, el  Abandono y una Serenidad inmensa justo en el momento de mayor gravedad de mi enfermedad. Confío en el Señor y, en mi camino difícil y turbulento, reconozco siempre Su ayuda.
Querido Papa Francisco: Tú has cambiado mi vida. Quisiera preguntarte algo... Tengo un inmenso deseo de encontrarte, aunque sea por un momento,
¡Rezar junto a Ti el “Padre Nuestro”!
“Danos hoy nuestro pan de cada día” y “Líbranos del mal”. Amén.
¡Encomiendo este sueño mío a Don Giuseppe y confío en Dios!
Ruega por mí, Santo Padre. Rezo por Ti todos los días.
Carlota»
(Carlota Nobile, Carta al Papa Francisco, 12 de abril de 2013)
A través de Don Trappolini, Carlota estuvo a punto de ver hecho realidad el encuentro con el Papa, pero en mayo de 2013 su estado empeoró, por lo que regresó a Benevento, donde pasó sus últimos
tres meses en la casa familiar, los más dolorosos, durante los cuales se dedicó a la oración, en un paradójico estado de total confianza, aceptación y gratitud a Dios.
Aunque sus dolores eran indecibles, aunque las metástasis y las heridas torturaban cada vez más su cuerpo, Carlota, ante los ojos atónitos de su familia, vivía un paradójico estado de gracia, de sonrisa,
de gratitud y de serenidad, sin quejarse nunca, en la oración, sobre todo del Padre Nuestro y del Santo Rosario. El padre capuchino Giampiero Canelli la escuchó en su última Confesión: «¡Casi fue ella
quien me animó!», contó. En los primeros días de julio, Carlota le dijo a su hermano: «He ganado la Fe, no la fe de las letanías ni de cualquier otra cosa, sino la fe de confiarme al Padre».
En esos días dijo que vio una escena que, angustiada, le costaba describir y que sus padres confundieron con un sueño: «Tú estabas allí. Tú no estabas allí. Tú tampoco. Tú sí», dijo uno a uno
a las personas que la cuidaban. Unos días más tarde, en el momento de su muerte, los diversos seres queridos estaban presentes y ausentes exactamente como ella había anunciado. El 14 de julio, Carlota dijo a su familia: «¡Se acabó!», pero siguió sonriendo y dando gracias a Dios.
En la última noche de su vida, la del 14 al 15 de julio de 2013, su padre se despertó por las siguientes palabras de Carlota, susurradas repetidamente en tono sereno y mirando hacia el techo:
«Gracias, Señor. Gracias, Señor. Gracias, Señor».
Al día siguiente, a pocas horas de su muerte, dirigió con dificultad a sus seres queridos su último adiós:
«Mis tres maravillosos hombres: papá, Fanfy y Mateo. Mi dulce mamá. ¿Qué más quiero? Me siento afortunada».
Tras dos años de batalla, Carlota murió a la temprana edad de 24 años, al despuntar del 16 de julio de 2013, día de Nuestra Señora del Carmen.
https://www.carlottanobile.it/
http://www.synod.va/content/synod2018/it/giovani-testimoni/carlotta-nobili--il-violino--la-malattia--e-
limmensa-gioia-per-l.html

Saturday, 27 February 2021 23:37

¿Qué hacer después de la confesión?

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“Vosotros pensáis: los tiempos son malos, los tiempos son pesados, los tiempos son difíciles. Vivid bien y cambiaréis los tiempos”.
San Ambrosio


«Las bienaventuranzas contienen la “carta de identidad” del cristiano - es nuestro carnet de identidad -, porque dibujan el rostro de Jesús, su forma de vida. Las bienaventuranzas te llevan a la alegría, siempre; son el camino para alcanzar la alegría. Nos hará bien tomar hoy el Evangelio de Mateo, capítulo cinco, versículos de 1 a 11, y leer las bienaventuranzas - quizás más de una vez, durante la semana - para entender este camino tan hermoso, tan seguro de la felicidad que el Señor nos propone».
Papa Francisco, Audiencia General, 29 de enero de 2020

Saturday, 27 February 2021 23:28

¿Cómo confesarse?

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En el momento en que te presentas como penitente, el sacerdote te da una cálida bienvenida y te dirige palabras de aliento. Él hace presente al Señor misericordioso.
Junto con el sacerdote haz la señal de la cruz diciendo:
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

El sacerdote te invita a tener confianza en Dios, con estas palabras u otras similares:
Te reciba con bondad el Señor Jesús,
que ha venido a llamar y a salvar a los pecadores.
Confía en él.


El sacerdote, según la ocasión, lee o recita de memoria un texto de la Sagrada Escritura en el que se habla de la misericordia de Dios y dirige al penitente una invitación a la conversión.


Rm 5, 8-9 Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvados del castigo!


En este momento, puedes confesar tus pecados. Si es necesario, el sacerdote te ayuda, haciéndote preguntas y ofreciéndote consejos apropiados. El sacerdote invita al penitente a manifestar
arrepentimiento, recitando el acto de contrición o alguna otra fórmula similar, por ejemplo:

Padre, he pecado contra ti;
ya no merezco llamarme hijo tuyo.

Ten compasión de este pecador. (Lc 15,18; 18,13)

El sacerdote, extendiendo las manos (o, al menos, la mano derecha) sobre la cabeza del penitente, dice:

Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz.
Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo + y del Espíritu santo.

Respondes: Amén.

Después de la absolución, el sacerdote dice: Demos gracias al Señor porque es bueno. (Sal 117,1)
Respondes: Porque es eterna su misericordia.

El sacerdote te despide diciendo: El Señor te ha perdonado. Vete en paz.

Oración del penitente

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; no te acuerdes de mis pecados; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor. Sal 24, 6-7

O bien:
¡Oh, Jesús, de amor ardiente, jamás te hubiera ofendido! Oh, mi querido y buen Jesús, con tu santa gracia no te quiero ofender más, ni nunca más disgustarte, porque te amo por encima de todas las cosas. ¡Jesús mío, misericordia, perdóname!

Saturday, 27 February 2021 23:20

Preparación para la confesión

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 Salmo 103 (102), 3: «“Él perdona todas tus culpas”, y cura todas tus enfermedades».


A lo largo de los siglos, la Iglesia ha orado siempre con los salmos, elevando a Dios, por mediación de Cristo en el Espíritu, himnos de alabanza y bendición, de acción de gracias y honor a Aquel que es Creador, Señor y Padre. El Salterio presenta toda la historia de la salvación en forma de oración; nos introduce a contemplar las maravillas realizadas por Dios, sus perfecciones y propiedades, el poder y la ternura de su intervención en la historia humana, en los asuntos de su pueblo. Pero también presenta las principales cuestiones de la existencia humana, como el dolor, el sufrimiento, la enfermedad, la soledad, la muerte y la vida después de la muerte. En esencia, los Salmos son oraciones dirigidas a Dios, pero también son la Palabra de Dios dirigida a nosotros. Aquí radica la belleza de esta oración, en cierto sentido dialógica: yo me dirijo a Dios y, en realidad, Él me habla; yo le rezo y, en realidad, Él me enseña. Es cierto, es un diálogo de fe y amor entre desiguales; Dios es Creador y nosotros somos criaturas, Él es Señor y nosotros somos siervos, pero Él también es Padre y nosotros somos sus hijos. Los Salmos nos enseñan a conocer el corazón de Dios a partir de la Palabra de Dios, a hablar con Él, y mientras hablo aprendo a escuchar, a contemplar, a creer, a amar. A pesar de esto, lo que llama la atención en este sutil entramado relacional, hecho de filiación y discipulado, de paternidad y señorío, es que Dios se presenta como un padre lleno de amor, de fidelidad, de ternura, muy cercano a los acontecimientos de los hombres, de su pueblo, atento a sus vidas y a sus invocaciones. El Dios personal está presente y operante en la vida de su pueblo, responde con bondad y misericordia, con piedad y ternura a quienes lo invocan con fe y humildad: sí, porque éste es nuestro Dios, éste es nuestro Padre celestial.


“Él perdona todas tus culpas”, y cura todas tus enfermedades. (Sal 103,3)


En este simple versículo se encuentra toda la razón por la que el corazón orante eleva su himno de alabanza y bendición al Señor: “Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre” (Sal 103,1). Lo repite de nuevo, y una vez más lo recordará al final de la oración, hasta el punto de que esta expresión se convierte en un marco en el que se despliega la longitud, la altura y la profundidad del amor misericordioso de Dios por nosotros. Del perdón de Dios brota la alegría y la felicidad del corazón; ésta es, después de todo, la experiencia del creyente tocado vitalmente por el amor misericordioso de Dios: “Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito y en cuyo espíritu no hay engaño” (Sal 31,1-2). Sí, es verdad, el Señor perdona todas nuestras culpas y al mismo tiempo cura todas nuestras enfermedades: perdona y cura, un solo programa, el del Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Ya lo había dicho en la sinagoga de Nazaret, que esto sería parte de su misión mesiánica: llevar a los pobres de la tierra la buena noticia de una salvación integral, más allá de las mismas expectativas; operar la liberación de las prisiones materiales, espirituales y morales que encadenan a la humanidad y la relegan al pesimismo existencial, hasta la desesperación; dar la vista a los ciegos que no son capaces de ver a Dios vivo y presente en sus propias vidas y en la historia de cada día, y en Él no pueden ver el rostro único y hermoso de sus hermanos, compañeros de viaje hacia la eternidad. Tan grande es el amor de nuestro Padre celestial, que es compasivo y misericordioso (Sal 103,8). A menudo nos dirigimos a Dios en estos términos: Señor, me meto en toda clase de problemas, siento el peso de mis debilidades, a menudo vuelvo a caer en el pecado y a veces me da vergüenza pedirte perdón, porque sé que volveré a caer en las mismas faltas, o incluso cometeré otras peores; a pesar de ello, ¿por qué me acoges, me perdonas y me curas? ¿Por qué me aceptas y te muestras tierno, compasivo y misericordioso? Dios podría responder así: porque yo soy así, porque tú eres mi hijo, y luego porque mi naturaleza es Amor, Misericordia y Ternura; Padre sobre toda paternidad, Santo sobre toda santidad. Por eso nuestro corazón debe salir al encuentro del Señor o al menos dejarse encontrar por Él, porque a pesar de saber que hemos sido moldeados, que somos por tanto pecadores, frágiles, caducos, Él es más grande que nuestro pecado y nuestra fragilidad y nos concede mucho más de lo que nuestro corazón se atreve a esperar.

“No nos trata como merecen nuestros pecados ... (Sal. 103,10)

Entonces aparece más que justificado el himno de bendición y lleno de gratitud que el orante dirige al Señor compasivo y misericordioso, un himno a través del cual se recuerda haciendo memoria de todos los beneficios recibidos de Dios, pero también se recuerda la forma única en que se recibe la gracia de la misericordia y el perdón. Dios Padre, “no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas” (Sal 103,10). ¡Esto también es cierto! Queda impreso en los corazones y en las mentes, como acontece en el hermoso y saludable encuentro entre Jesús y la adúltera mencionado en el Evangelio de Juan. El Santo Padre Francisco nos recuerda que “en el centro de aquel encuentro no aparece la ley y la justicia legal, sino el amor de Dios que sabe leer el corazón de cada persona, para comprender su deseo más recóndito, y que debe tener el primado sobre todo [...]. Jesús ha mirado a los ojos a aquella mujer y ha leído su corazón: allí ha reconocido su deseo de 9ser comprendida, perdonada y liberada. La miseria del pecado ha sido revestida por la misericordia del amor. Por parte de Jesús, no hay ningún juicio que no esté marcado por la piedad y la compasión hacia la condición de la pecadora” (MeM 1). Ninguna palabra de condena o desprecio, sino sólo una invitación a no pecar más y a seguir adelante con esperanza, sabiendo que a partir de ese día la mujer podrá emprender un nuevo camino en la verdad y la caridad de Cristo Señor, como su fiel discípula; “no la ha tratado come merece su pecado, no le ha pagado según su culpa”. El perdón es el signo más visible del amor del Padre, que Jesús ha querido revelar a lo largo de toda su vida. La misericordia es esta acción concreta del amor que, perdonando, transforma y cambia la vida.

“Como un padre siente ternura por sus hijos, ¡así es Dios para nosotros!”

Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre, y en él necesitamos contemplar siempre el misterio de la misericordia divina, ya que es el camino que une a Dios y al hombre, abriendo el corazón a la esperanza de ser amados para siempre, a pesar del límite de nuestro pecado. Sin embargo, si por un lado es propio de Dios usar misericordia, ya que paradójicamente en ella se manifiesta de manera particular su omnipotencia de amor, por otro lado, desea que esta “potencia” de amor salga de sí misma, invada y penetre el corazón de los hombres. ¿Cuál es, pues, el lugar, el espacio particular en el que la ternura de Dios toca el corazón del hombre y lo envuelve en su misericordia y en su perdón? Ciertamente, el Sacramento de la Reconciliación. Este es el momento en el que sentimos el abrazo del Padre que viene a nuestro encuentro para devolvernos la gracia de ser de nuevo sus hijos. La gracia es más fuerte y supera cualquier posible resistencia, porque el amor todo lo puede; es precisamente la gracia la que siempre nos precede, y asume el rostro de la misericordia que se hace efectiva en la reconciliación y el perdón. El Sacramento de la Reconciliación, por tanto, necesita redescubrir su lugar central en la vida cristiana, a través de la mediación maternal de la Iglesia. De hecho, como afirma el Papa Francisco, “en la oración de la Iglesia la referencia a la misericordia, lejos de ser solamente parenética, es altamente performativa, es decir que, mientras la invocamos con fe, nos viene concedida; mientras la confesamos viva y real, nos transforma verdaderamente” (MeM, 5). Pero nosotros no sólo somos receptores del don de la misericordia y del perdón. Esto en cierto sentido nos hace coprotagonistas de la misericordia en el Espíritu, sobre todo cuando, saliendo del confesionario, como jardín perfumado en el que experimentamos la fragancia de la ternura del Padre, iniciamos un nuevo camino de conversión en la esperanza y la caridad. Los grandísimos dones, recibidos sin mérito y gratuitamente, no pueden ser sofocados en el corazón de los destinatarios; y el perdón y la misericordia que Dios usa para con nosotros son los mayores dones que un hombre puede recibir. Por tanto, son precisamente éstos los que deben convertirse en motivo de apertura y acogida hacia los hermanos, para que también ellos, a través de nuestro testimonio, puedan experimentar el amor misericordioso de Dios, que el Espíritu quiere derramar abundantemente en los corazones.

Es cierto, por tanto, que desde el confesionario se puede iniciar un nuevo camino, reconociendo y valorando lo que hay de bueno en cada persona, ya que nosotros primero hemos obtenido de Dios misericordia sobre misericordia. Estar con y para los hermanos nos hace aún más conscientes de que Dios verdaderamente ha derramado su benevolencia sobre nosotros con gran generosidad. A pesar de esto, sin embargo, el hecho de sentirnos indignos de tanto don puede convertirse en la sutil tentación de ahogar en nosotros, pecadores, cualquier anhelo positivo de trascendencia. Hay una hermosa expresión del Papa Francisco en su última Carta Apostólica, Patris corde, que da esperanza y alegría al corazón, porque ve cómo Dios no sólo se apoya en la parte buena de nosotros, sino que muchas veces realiza sus inescrutables designios precisamente a pesar de nuestra debilidad. Así si “el Maligno nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo, el Espíritu, en cambio, la saca a la luz con ternura. La ternura es el mejor modo para tocar lo que es frágil en nosotros. [...]. Sólo la ternura nos salvará de la obra del Acusador (cfr. Ap 12,10). Por esta razón es importante encontrarnos con la Misericordia de Dios, especialmente en el sacramento de la Reconciliación, teniendo una experiencia de verdad y ternura. Paradójicamente, incluso el Maligno puede decirnos la verdad, pero, si lo hace, es para condenarnos. Sabemos, sin embargo, que la Verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona” (PaC, 2). Acojamos, pues, la sentida advertencia de San Pablo que la Iglesia, Madre y Maestra de misericordia, hace suya: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2 Cor. 5,20). Nosotros, hoy, queremos reconciliarnos con Dios, acoger su invitación amorosa que nos llama a sí y, en la fe, manifestar que Él, nuestro Padre, es  verdaderamente grande en el amor. No debemos rendirnos a nuestra propia debilidad, ni tener miedo de las contrariedades e incoherencias que experimentamos en nuestro camino como creyentes, porque “tener fe en Dios incluye además creer que Él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad. Y nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca. A veces, nosotros quisiéramos tener todo bajo control, pero Él tiene siempre una mirada más amplia”
(PaC 2).

Saturday, 27 February 2021 23:19

Conversión de Joe Eszterhas

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En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo (Gal 6,14)

En abril de 2001, a Joe Eszterhas se le diagnosticó un cáncer de garganta. Al famoso guionista de Hollywood, autor del guion de la popularísima (y escandalosa) película “Instinto básico”, protagonizada por Sharon Stone, se le vino el mundo encima.
Debió someterse a una delicada cirugía: se le extirpó el 80% de su laringe y se le colocó un tubo para que pudiera respirar. Durante la visita postoperatoria, los médicos le dijeron: “Debes dejar de beber y fumar inmediatamente, de lo contrario morirás”.
“Tenía doce años cuando empecé a fumar” – escribirá Joe en su libro autobiográfico – “y catorce años cuando empecé a beber. Ahora, a los cincuenta y seis años, no ha pasado un solo día en los últimos cuarenta y cuatro años que no haya fumado o bebido algo alcohólico”.
Joe nació en una familia católica de Hungría al final de la Segunda Guerra Mundial, en 1944. La familia huye de los horrores de la guerra en un campo de refugiados gestionado por los Aliados, desde donde emigra posteriormente a Estados Unidos. Toda la familia queda marcada por el sufrimiento de la madre, enferma mental y fallecida de cáncer. Estos acontecimientos cierran al joven Joe a la experiencia de la fe.
De adulto, Joe Eszterhas empieza a trabajar en un periódico de Cleveland como reportero de noticias policiales, cubriendo incontables tiroteos y peleas urbanas. De este modo, experimenta a diario el lado oscuro, brutal y transgresor de su propia ciudad. Mientras tanto, también descubre que su padre, durante la Segunda Guerra Mundial, apoyó a los nazis y organizó activamente la propaganda antisemita.
5En los años 70, el nombre de Eszterhas aparece en la famosa revista musical “Rolling Stone”. En 1978 escribió el primer guion para la película “F.I.S.T” con Sylvester Stallone, luego otro para “Fleshdance” en 1983. En los años 90, gracias a la ya mencionada “Instinto básico”, la revista Time presenta a Joe Eszterhas como “rey del sexo y la violencia en América”. A finales del siglo XX, Joe está en la cima de su carrera Hollywoodiense: con la escritura de dieciséis películas ha ganado cerca de mil millones de dólares.
La intervención quirúrgica lo cambia todo.
Un mes después de la operación, sentado en un banco e inmerso en un repentino calor abrasador, Eszterhas deliraba: “Me estaba volviendo loco. Estaba muy nervioso. Temblaba. No tenía paciencia para nada. Gritaba a mi esposa Naomi y a los niños. Mi corazón palpitaba acelerado. No tenía apetito. No podía tragar nada”. La razón de tal estado de ánimo era obvia: “Cada terminación nerviosa exigía un trago y un cigarrillo”. Entonces Joe decidió escapar. “Salí de casa y empecé a caminar. Caminaba tan rápido como podía. Era demasiado viejo para correr. Intentaba superar con esta marcha mis deseos y adicciones. Intentaba superar el pánico. Intentaba superar la autodestrucción. Intentaba superar la muerte”.
Pasan los minutos y Joe, vagando por el barrio, siente que se desploma. “Comencé a llorar. Sabía que estaba hiperventilado. Me senté en un bordillo. Las lágrimas descendían por mi rostro. Observé cómo acababan en el suelo, salpicando. Mi corazón latía con tanta fuerza que bloqueaba todo a mi alrededor, excepto mis sollozos. Me parecía que ya no era humano. Escuché mis propios gemidos. Parecía un animal herido”.
Y es justo en este momento, cuando llegó lo inesperado. “Podía oír a mí mismo balbucear algo. Sentí que lo estaba diciendo. No podía creer lo que había dicho. No sabía por qué lo había dicho. Nunca antes lo había dicho. Me escuché repitiéndolo. Y una y otra vez: «Por favor, Dios, ¡ayúdame!». Sabía por los hechos que no podía decirlo, como no podía decir nada más. Mi laringe había desaparecido casi por completo. Este tubo diabólico fue colocado allí. Ni siquiera hubiera podido susurrar, y mucho menos decir algo. Pero claramente me escuché decirlo y luego repetirlo una y otra vez”.
«Por favor, Dios, ¡ayúdame!».
Rezaba, pedía, suplicaba ayuda. Suplicaba a Dios que me ayudara. Y pensaba para mí: «¿Yo? ¿Pidiendo a Dios? ¿Suplicando a Dios? ¿Rezando?» No había pensado en Dios desde que era un niño, pero me sentía pidiéndole ayuda todo el tiempo, mientras gemía de dolor. Y de repente mi corazón se calmó. Las terminaciones nerviosas dejaron de torturarme. Dejé de temblar y de tener espasmos. Mis manos dejaron de bailar... Me levanté de la acera. Abrí los ojos.
La gracia de Dios actúa en el corazón humano de diferentes maneras. La conversión de Joe recuerda la escena bíblica de la mujer que quería tocar el manto de Jesús para ser curada. San Ambrosio la describió así: “Tocó suavemente la orla del manto, se acercó con fe, creyó y quedó curada (...). Del mismo modo, nosotros, si queremos salvarnos, debemos tocar con fe el manto de Cristo” (Ambrosio, Expositio Evangelium secundum Lucam, VI, 56.58.).
Después de esta experiencia de oración y de fe reencontrada, Joe escribe: “Comencé mi camino de regreso a casa. Pensé que podría lograrlo. Sería la lucha más grande de mi vida. Sería terriblemente difícil, pero con la ayuda de Dios pensé que podría lograrlo. Podría derrotarme a mí mismo y salir victorioso. Si combatía duramente y rezaba”. “Algo me pasó en ese infernalmente caluroso día. Durante mucho tiempo no supe cómo describirlo, pero ahora lo sé. Fui salvado”.
Uno de los frutos de la salvación que ha recibido es el acercamiento de Joe a la vida parroquial y, especialmente, al servicio litúrgico. Joe Eszterhas se encontró con una función muy simple pero significativa: el crucífero (portador de la cruz). “Nadie me obligó a llevar la cruz en la Parroquia de los Santos Ángeles. Lo hice como si fuera una forma de agradecer a Jesús su ayuda. Me sentí honrado de hacerlo; fue un placer”.

Saturday, 27 February 2021 23:05

¿Por qué debo confesarme?

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Ante todo, debemos recordar queel protagonista del perdón de los pecados es el Espíritu Santo. En su primera aparición a los Apóstoles, en el cenáculo, Jesús resucitado hizo el gesto de soplar sobre ellos diciendo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23). Jesús, transfigurado en su cuerpo, es ya el hombre nuevo, que ofrece los dones pascuales fruto de su muerte y resurrección. ¿Cuáles son estos dones? La paz, la alegría, el perdón de los pecados, la misión, pero sobre todo dona el Espíritu Santo que es la fuente de todo esto. El soplo de Jesús, acompañado por las palabras con las que comunica el Espíritu, indica la transmisión de la vida, la vida nueva regenerada por el perdón.

Pero antes de hacer el gesto de soplar y donar el Espíritu, Jesús muestra sus llagas, en las manos y en el costado: estas heridas representan el precio de nuestra salvación. El Espíritu Santo nos trae el perdón de Dios «pasando a través» de las llagas de Jesús. Estas llagas que Él quiso conservar. También en este momento Él, en el Cielo, muestra al Padre las llagas con las cuales nos rescató. Por la fuerza de estas llagas, nuestros pecados son perdonados: así Jesús dio su vida para nuestra paz, para nuestra alegría, para el don de la gracia en nuestra alma, para el perdón de nuestros pecados. Es muy bello contemplar a Jesús de este modo.

Y llegamos al segundo elemento: Jesús da a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados. Es un poco difícil comprender cómo un hombre puede perdonar los pecados, pero Jesús da este poder. La Iglesia es depositaria del poder de las llaves, de abrir o cerrar al perdón. Dios perdona a todo hombre en su soberana misericordia, pero Él mismo quiso que quienes pertenecen a Cristo y a la Iglesia reciban el perdón mediante los ministros de la comunidad. A través del ministerio apostólico me alcanza la misericordia de Dios, mis culpas son perdonadas y se me dona la alegría. De este modo Jesús nos llama a vivir la reconciliación también en la dimensión eclesial, comunitaria. Y esto es muy bello. La Iglesia, que es santa y a la vez necesitada de penitencia, acompaña nuestro camino de conversión durante toda la vida. La Iglesia no es dueña del poder de las llaves, sino que es sierva del ministerio de la misericordia y se alegra todas las veces que puede ofrecer este don divino.

Muchas personas tal vez no comprenden la dimensión eclesial del perdón, porque domina siempre el individualismo, el subjetivismo, y también nosotros, los cristianos, lo experimentamos. Cierto, Dios perdona a todo pecador arrepentido, personalmente, pero el cristiano está vinculado a Cristo, y Cristo está unido a la Iglesia. Para nosotros cristianos hay un don más, y hay también un compromiso más: pasar humildemente a través del ministerio eclesial. Esto debemos valorarlo; es un don, una atención, una protección y también es la seguridad de que Dios me ha perdonado. Yo voy al hermano sacerdote y digo: «Padre, he hecho esto...». Y él responde: «Yo te perdono; Dios te perdona». En ese momento, yo estoy seguro de que Dios me ha perdonado. Y esto es hermoso, esto es tener la seguridad de que Dios nos perdona siempre, no se cansa de perdonar. Y no debemos cansarnos de ir a pedir perdón. Se puede sentir vergüenza al decir los pecados, pero nuestras madres y nuestras abuelas decían que es mejor ponerse rojo una vez que no amarillo mil veces. Nos ponemos rojos una vez, pero se nos perdonan los pecados y se sigue adelante.

Al final, un último punto:el sacerdote instrumento para el perdón de los pecados. El perdón de Dios, que se nos da en la Iglesia, se nos transmite por medio del ministerio de un hermano nuestro, el sacerdote; también él es un hombre que, como nosotros, necesita de misericordia, se convierte verdaderamente en instrumento de misericordia, donándonos el amor sin límites de Dios Padre. También los sacerdotes deben confesarse, también los obispos: todos somos pecadores. También el Papa se confiesa cada quince días, porque incluso el Papa es un pecador. Y el confesor escucha las cosas que yo le digo, me aconseja y me perdona, porque todos tenemos necesidad de este perdón. A veces sucede que escuchamos a alguien que afirma que se confiesa directamente con Dios... Sí, como decía antes, Dios te escucha siempre, pero en el sacramento de la Reconciliación manda a un hermano a traerte el perdón, la seguridad del perdón, en nombre de la Iglesia.

El servicio que el sacerdote presta como ministro de parte de Dios para perdonar los pecados es muy delicado y exige que su corazón esté en paz, que el sacerdote tenga el corazón en paz; que no maltrate a los fieles, sino que sea apacible, benévolo y misericordioso; que sepa sembrar esperanza en los corazones y, sobre todo, que sea consciente de que el hermano o la hermana que se acerca al sacramento de la Reconciliación busca el perdón y lo hace como se acercaban tantas personas a Jesús para que les curase. El sacerdote que no tenga esta disposición de espíritu es mejor que, hasta que no se corrija, no administre este Sacramento. Los fieles penitentes tienen el derecho, todos los fieles tienen el derecho, de encontrar en los sacerdotes a los servidores del perdón de Dios. Queridos hermanos, como miembros de la Iglesia, ¿somos conscientes de la belleza de este don que nos ofrece Dios mismo? ¿Sentimos la alegría de este interés, de esta atención maternal que la Iglesia tiene hacia nosotros? ¿Sabemos valorarla con sencillez y asiduidad? No olvidemos que Dios no se cansa nunca de perdonarnos. Mediante el ministerio del sacerdote nos estrecha en un nuevo abrazo que nos regenera y nos permite volver a levantarnos y retomar de nuevo el camino. Porque ésta es nuestra vida: volver a levantarnos continuamente y retomar el camino.

Papa Francisco, Audiencia General, 20 de noviembre de 2013

Saturday, 27 February 2021 23:01

Para preparar la Confesión (24 h. para el Señor)

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Tres preguntas:

  • ¿Por qué debo confesarme?
  • ¿Cómo me confieso?
  • ¿Qué se hace después de la confesión?

CONFESIÓN

“No te rindas nunca,
ni cuando la fatiga se haga sentir,
tampoco cuando tus pies tropiecen,
ni cuando tus ojos se quemen,
tampoco cuando tus esfuerzos sean ignorados,
ni cuando la desilusión te humille,
ni cuando el error te desanime,
tampoco cuando la traición te hiera,
ni cuando el éxito te abandone,
tampoco cuando la ingratitud te desaliente
ni cuando la incomprensión te rodee,
tampoco cuando el aburrimiento te derribe,
ni cuando el peso del pecado te aplaste.
Invoca a Dios, aprieta los puños, sonríe...
¡y recomienza!

San León Magno, Papa

 

Saturday, 27 February 2021 22:55

¿Qué son las 24 h para el Señor? (12 Marzo)

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Son una iniciativa del Papa Francisco para el tercer viernes de Cuaresma.

Consisten en un día de adoración eucarísitca con especial énfasis en la Confesión.

Este año está convocada para los días 12 y 13 de Marzo (viernes por la tarde y sábado). Por las circunstancias de la Pandemia y las características de nuestra parroquia, la celebraremos el día 12 de Marzo, de 8 de la mañana a 8 de la tarde.

El santísmo estará expuesto todo este tiempo, y los sacerdotes estaremos dispuestos para confesar.