Parroquia de santa Elena
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En 500 palabras

Celebramos este 2º domingo de Pascua el domingo de la misericordia divina.

Es el aniversario del fallecimiento de san Juan Pablo II y una fiesta que él instituyó para la sociedad contemporánea. Si preguntásemos al hombre de nuestros días sobre la sociedad, seguro que nos diría que todo va de cine; que el progreso va a resolver los problemas humanos, y que es cuestión de tiempo. Estoy seguro de que esto es algo implícito en las mentes de nuestros políticos, sobre todo de los jóvenes. Pero, ¿es así? San Juan Pablo II conocía bien el Concilio Vaticano II y la historia del siglo XX. El Concilio ya avisaba de los peligros de un humanismo sin Dios. Simplemente recuerdo una de sus afirmaciones: La Sagrada Escritura, con la que está de acuerdo la experiencia de los siglos, enseña a la familia humana que el progreso, altamente beneficioso para el hombre, también encierra, sin embargo, gran tentación, pues los individuos y las colectividades, subvertida la jerarquía de los valores y mezclado el bien con el mal, no miran más que a lo suyo, olvidando lo ajeno. Lo que hace que el mundo no sea ya ámbito de una auténtica fraternidad, mientras el poder acrecido de la humanidad está amenazando con destruir al propio género humano.
La respuesta que san Juan Pablo II dio la podemos sintetizar en el domingo de la misericordia. La Misericordia de Dios es la sanación de las heridas y el perdón de los pecados del hombre, lo que a veces está relacionado. Cierto que hay heridas de las que uno no es responsable, como por ejemplo, coas que le hayan podido hacer en la infancia, pero estas heridas se viven de modo diverso a la luz de la fe y de la experiencia de la misericordia de Dios revelada en Cristo; No se trata de poner un parche fácil, sino de agarrar el toro por los cuernos y vivir el misterio de la Redención que llega hasta lo profundo de la psicología del hombre, cuando éste vive el perdón y la fe hasta las últimas consecuencias. Esto es la Misericordia divina, lo que Cristo reveló en su pasión, sacrificio que fue aceptado por Dios en su resurrección. Por esto, la fiesta de la Misericordia es un precioso colofón a la Pascua. No se trata de una misericordia edulcorada, meliflua, cursi, sino de la verdadera revelación de la misericordia de Dios tras la muerte violenta de su Hijo mediante la resurrección y envío del Espíritu Santo vivificador.
Por eso, nuestro tiempos, en los que el hombre fascinado por las promesas engañosas del progreso, necesitan más que nunca de la verdadera imagen de la misericordia de Dios. Po rponner un par de ejemplo, ¿cuántos en Venezuela han creído que el chavismo iba a ser el paraíso? ¿Cuántos en España han creído que liberándose de la moral, consecuencia de la fe, y cayendo en el relativismo iban a encontrar la felicidad? ¿Y, cuáles son los resultados? En España la destrucción de la familia y la violencia; la destrucción de la patria mediante los independentismos, que son una forma de relativismo. En Venezuela el sufrimiento de una nación entera forzada no a la emigración sino al éxodo. Juan Pablo II nos dejó el domingo de la Misericordia divina, que es lo que el mundo necesita, y no los falsos paraísos inmanentes basados en el progreso que se nos prometen. P. Javier, párroco